
Este fin de semana estuve en New Paltz. Es un pueblo universitario que parece haberse detenido en otros tiempos donde las camisas teñidas (tie-dye) estaban de moda. En realidad sólo pasé por el pueblo, mi destino era Mohonk Mountain House, un hotel en las montañas en la ribera del lago Mohonk. Esta vez no escalé montañas, me sentía muy cansada para ello. Además, estaba realmente trabajando, ayudando con los preparativos de las charlas que se impartieron. El sábado en la tarde estaba libre y lo único que queria hacer era dormir. Fui a mi habitación y tomé una siesta, unos quince minutos a lo más. No podía dormir pensando en lo bella que estaba la tarde. Estaba frio, muy frio, pero igual estaba soleado y los árboles con sus colores rojizos y anaranjados me tentaban. Tuve que levantarme y al salir al balcón y ver la belleza del lago y la montaña, decidí caminar un poco.
Caminé por hora y media. Le tomé fotos a las flores, los árboles, los caballos, y a una ardilla que al sentirme cerca, para mi sorpresa, comenzó a posar para mi. La naturaleza es impresionante; nunca deja de sorpenderme. Las hojas secas o cuasi secas provocan algo de tristeza, el cambiar de verde a marrón, amarillo o rojo es su forma de despedirse, de darle bienvenida al invierno mientras ellas deben desaparecer, abandonar sus ramas para morir olvidadas sobre la tierra o con el viento. Sin embargo, es dificil percibir esta tristeza al ver los distintos arboles entremezclados, bailando los colores al compás del viento. Verde, amarillo, marrón rojo, mamey, todos iguales. Todos se vuelven nada, regresan a la tierra con la promesa de volver al concluir el invierno y darnos una primavera.
Aparte de las hojas, me impresionó mucho el poniente. Viviendo en Nueva York, los atardeceres se hacen menos y los días transcurren sin la oportunidad de apreciar, aun que sea un poco, los colores púrpuros y dorados del sol. En Mohonk, el atardecer era distinto a los que habia visto. En el caribe, siempre percibi en el poniente colores ardientes, un rojo que tornaba anaranjado, luego morado y finalmente un azul claro, fresco. Lo contrario sucede en Mohonk; el azul es frio, se siente distante, mientras no hay tanto del rojo ardiente, mas bien es un amarillo que se pierde en la nubosidad. No hay distinción en los colores, aunque prevalece el azul; un azul que nos habla de la noche que se acerca, del frio norteño. Aún asi, que preciosa vista.
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