Anoche soñé que era un ave.
Recorría un mar de quietud
hasta divisar, por entre la niebla,
tejados alineados uno tras de otro
como fichas de dominó.
En un puerto se daban cita
la cuidad y el mar.
Me detuve entre la gente
y las observé en silencio.
Aun insignificante entre ellos,
sentía que el mundo
latía bajo mis alas;
y como gotas de lluvia
perseguidas por el viento,
se escurría de mi cuerpo
todo rastro de quien había sido,
quedando estática,
perpleja ante la libertad
de horizontes y vuelos infinitos.
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